Por unas razones o por otras, en la primera versión de "La Isis Dorada" había escenas o fragmentos que, o bien no se incluyeron en la edición definitiva, o bien sufrieron cambios significativos. Hemos decidido incluirlas en la web como curiosidad.
Esta iría justo después del capítulo 5, tras la incursión de Jaime y Ana en el Bar Quito.
El flash había sido como una trompeta que anunciara el Apocalipsis, la Guerra de Vietnam y las fallas de Valencia, todo junto. Los dos ecuatorianos se pusieron en pie de un salto mientras Omar parpadeaba y el hombre barbudo se apretaba el maletín contra el pecho. A una orden de su jefe, los dos clones de Benicio del Toro echaron a correr tras la parejita de la cámara, que en aquellos momentos atravesaba la puerta huyendo hacia la seguridad del tránsito de Bravo Murillo.
La música del local fue súbitamente sustituida por el ruido de los motores de los coches. Alegrándose de no haberse puesto tacones, Ana corrió junto a Jaime por la acera, esquivando grupos de jóvenes en distintos estados de embriaguez. Todos se volvían hacia ellos al verlos pasar como una exhalación, sin comprender por qué tenían tanta prisa. Entonces la puerta del bar Quito se abrió y los dos matones aparecieron echando miradas como dardos.
Ana y Jaime ya habían llegado a la calle Bravo Murillo. Podían ver el cartel del metro algo más arriba, pero la atención de ambos estaba puesta en la calzada, donde esperaban ver la luz verde y salvadora de un taxi libre. Por desgracia sus enemigos llegaron antes.
Aparecieron por la esquina, encrespados y jadeantes. Jaime supuso que lo que querían era que Ana les entregara la cámara, pero cambió de opinión cuando uno de ellos sacó una pistola, apuntó hacia ellos y disparó.
Un tiro. Un disparo real, estruendoso y metálico, que había sido efectuado para liberar una bala que penetrara en sus cuerpos con letales intenciones.
Gritos, terror, carreras. La poca gente que deambulaba por la calle buscaba refugio en los portales o en los bares que permanecían abiertos. Ana y Jaime, sin pararse a pensar dónde había ido la bala que llevaba sus nombres, buscaron la salvación lanzándose a lo loco a cruzar la calle, esquivando los coches como en una competición de slalom.
Los dos pistoleros se vieron entonces impotentes, parados en la acera de los pares mientras sus víctimas corrían calle arriba por la de los impares. No tardaron en seguir su ejemplo y se lanzaron también a cruzar Bravo Murillo sin molestarse siquiera en buscar un paso de cebra. Un Peugeot 406 que iba a toda velocidad por poco arrolla a uno de ellos, que se libró por los pelos lanzándose a un lado en el último momento y acabando en cuclillas en el suelo, donde casi es aplastado por una Fiat Dobló que apareció dando pitidos. Finalmente lograron llegar al otro lado, pero los segundos que habían perdido habían proporcionado a sus perseguidos una notable ventaja y apenas lograron distinguirlos corriendo calle arriba.
Impulsados por los motores a reacción que sólo el miedo puede instalar en un cuerpo humano, Jaime y Ana corrieron sin mirar atrás. Eran las doce y media de la noche y los trenes del metro pasaban ahora con menor frecuencia. Por tanto consideraron que era una locura bajar por la boca de la estación, donde a pesar de las cámaras y los agentes de seguridad, podrían ser acorralados sin remedio y tiroteados como conejos. Era mejor utilizar la astucia, aunque los dos sabían que la fortuna parecía estar riéndose de ellos. Además estaba el lamentable añadido de que la cerveza les había dado flato.
Jaime giró la cabeza para comprobar si aún les perseguían y al fondo de la calle vio la luz verde de un taxi que se acercaba hacia ellos.
Desgraciadamente por la acera contraria.
Jaime saltó, levantó la mano y emitió agudos silbidos para llamar la atención del taxista, pero no había nada que hacer, tal como indicó el propio taxista encogiéndose de hombros, bajando la ventanilla, asomándose y gritando lo que a Jaime le pareció “¡No puedo cambiar de carril, pazguato!”, aunque seguramente la frase exacta había sido otra.
Y de pronto vio que los dos pistoleros venían corriendo hacia ellos por la acera. Y por la calzada venga a pasar coches, y Jaime preguntándose dónde irían a esas horas, con lo bien que estarían descansando tranquilos en sus plazas de garaje. Y así estuvo, perdido en insensatas divagaciones hasta que el recuerdo de una bala silbando por encima de su cabeza le hizo reaccionar y, cogiendo a Ana de la mano, echó a correr hacia abajo, en dirección a sus perseguidores, a quienes cada vez se les distinguía mejor el blanco de los ojos.
- ¿Qué haces?- grito Ana horrorizada al ver que la distancia entre ellos y sus ejecutores se empequeñecía en lugar de agrandarse.
- Hazme caso.
Otra luz verde de taxi apareció ante ellos, de nuevo al otro lado de la calle. Jaime no se lo pensó. Cuando llegaron a un paso de cebra con semáforo que habían pasado de largo en su carrera ascendente, aprovecharon el momento en que el muñequito verde del peatón parpadeaba para correr hacia la otra acera en dirección al taxi salvador.
La jugada fue perfecta y los perseguidores se quedaron atrapados al otro lado, esperando con impaciencia a que el muñeco se pusiera verde de nuevo, ya que en ese punto el tráfico era más intenso que abajo. Vieron impotentes cómo los dos jóvenes subían al taxi y se alejaban en dirección a Plaza de Castilla saludándolos con la mano, un gesto burlón que provocó la ira del de la pistola, que descargó tres tiros contra el cada vez más lejano taxi, logrando incrustar una bala en el maletero.
De pronto unas luces azules bañaron la calle con un resplandor intermitente y dos coches de policía irrumpieron en la escena del tiroteo poniendo en fuga a los dos pistoleros. Jaime y Ana observaron toda la escena desde la seguridad del taxi, aunque el taxista no parecía tan complacido como ellos.
- ¡Putos moros, putos moros!- repetía, concentrado en alejar de allí el taxi antes de que lo acribillaran - Ya no se puede ni hacer el servicio tranquilo por esta calle. Hace diez años esto era un remanso. Y hace cuarenta ni les cuento. Esto va a ser una ruina, que lo vengo yo tiempo diciendo. Pero, nada, ni caso.
Jaime le puso la mano en el hombro.
- Usted conduzca. Y no se preocupe por los moros.
- ¿Que no me preocupe? ¿Pero no ha visto que nos han pegado un tiro? No, si ahora me va a explicar a mí lo que pasa en las calles por la noche. Jaime se apoyó contra el respaldo y miró a Ana, sentada a su lado. Al principio no se lo podía creer, pero una mirada más prolongada le convenció de que lo que había creído ver en un primer momento era cierto. Ana, con la mano ante la boca, se estaba aguantando la risa. Y así estuvo hasta que el taxista detuvo el vehículo en la puerta de su casa, detrás del estadio Santiago Bernabeu.
No tiene una ubicación coherente en el resultado final del libro. Tenía lugar cuando Jaime e Ingrid iban a investigar la tienda Verónica.
Jaime rió y se aproximó a ella dispuesto a preguntarle qué era exactamente lo que había ocurrido entre ellos la noche pasada. Sin embargo, cuando de sus labios empezaba a salir el primer sonido, un rugido atronador lo acalló por completo y una corriente de aire seguida de algo duro le golpeó en la nuca.
Jaime cayó de rodillas al suelo, perdiendo momentáneamente la visión. Al recuperarla pocos segundos después, vio las luces de las dos motocicletas que habían estado a punto de arrollarlos y que ahora avanzaban a toda velocidad calle arriba.
Ingrid, que acababa de darse cuenta del accidente, lanzó una maldición en alemán a los motoristas, pero sus palabras quedaron congeladas en el aire cuando las dos máquinas aminoraron su velocidad al final de la calle y giraron, dejando a la vista los dos focos delanteros.
Tras unos segundos se lanzaron al ataque.
Jaime comprendió en el acto que no habían sido los insultos de Ingrid lo que les había enfurecido. Los motoristas sabían en todo momento lo que estaban haciendo. Iban a por ellos. De pie en medio de la calle desierta, Jaime supo que era el momento de actuar. De entonar mentalmente un tema heroico de John Williams. De buscar un arma contundente y repeler el ataque. Pero la realidad era mucho más dura, así que, en lugar de eso, cogió a Ingrid de la mano y la animó a poner tierra por medio en dirección contraria.
El ensordecedor bramido de las motocicletas aumentaba a sus espaldas. En mitad de la calle hacían un blanco demasiado fácil, así que Jaime empujó a Ingrid a una de las estrechas aceras y echó a correr tras ella, al resguardo de los coches aparcados. Sin embargo no se hacía muchas ilusiones. En la mente de Jaime aún estaba fresco el recuerdo de su huída del bar Quito y la persecución a tiro limpio por parte de los matones de Omar Arias. Ahora parecían haber cambiado las piernas por las ruedas de las Yamaha, pero apostaría el oro de Atahualpa a que seguían cargados con sus mortíferas armas.
Uno de los motoristas pegó un brusco acelerón y adelantó a la pareja antes de dar la vuelta e introducirse entre dos coches aparcados para subirse a la acera, pocos metros delante de ellos. Giraron la cabeza. El otro motorista se había detenido sobre el asfalto, dispuesto a cortarles la retirada en cuanto apreciara el menor intento de huída por ese lado.
Estaban rodeados. Paredes a los lados, un foco por delante y otro por detrás. Había poco tiempo para pensar, y esta vez fue Ingrid quien tomó la iniciativa.
- Verónica- susurró.
Entonces saltó de nuevo a la calzada y pasó zumbando junto al motorista de la acera, sin darle tiempo a reaccionar hasta que fue demasiado tarde. Le tocó el turno a Jaime, que giró sobre su cuerpo y echó a correr en dirección contraria, dejando atrás las dos motos, una de las cuales le perseguía por la acera a toda velocidad. Entonces salió de entre los coches, dobló una esquina y, a grandes zancadas, se apresuró para llegar cuanto antes al punto de encuentro acordado en secreto con Ingrid.
Muy pronto al sonido de sus frenéticos pasos se superpuso el trueno de los dos tubos de escape. El cartel de Verónica era ya visible a la colorista luz del neón del sex shop, y Jaime siguió corriendo, preocupado por no distinguir a Ingrid entre las sombras de la angosta callejuela. De pronto alguien tiró de él y lo introdujo en el hueco de un portal. Se dejó caer sin resuello y con el corazón latiendo a mil por hora. Una forma humana con el perfume de Ingrid le indicaba por señas que no hiciera ruido. Sin embargo él no pudo evitar hacer una pregunta.
- ¿Crees que es un buen momento para que te cameles a la mafia colombiana?
Las motocicletas aparecieron cada una por un lado de la calle, los faros rastreando la oscuridad como los focos de una patrullera en el Estrecho. Ingrid y Jaime se encogieron todo lo que pudieron, intentando fusionarse con el suelo del portal. Tenían relativa buena suerte, ya que los cubría un contenedor con escombros procedentes de una obra cercana. Uno de los motoristas se acercó al otro y le dijo algo que quedó silenciado por el ruido de los motores. Al cabo de un momento, su compañero se marchó y el matón que había hablado se quedó solo, vigilando la calle.
- Se ha ido a dar una vuelta a la manzana- susurró Jaime al oído de Ingrid-. Éste se ha quedado de guardia. No nos ven, pero saben que estamos por aquí.
- Habría que largarse.
- Nos pillarían en cuanto hubiéramos asomado la cabeza.
- Entonces ¿qué hacemos?
Jaime no contestó. Sabía que el tiempo apremiaba y que en cuanto el otro motorista regresara se pondrían a peinar la zona con más detenimiento. Empezó a incorporarse lentamente, con el índice en los labios para pedirle a Ingrid que guardara silencio, siempre parapetado por el contenedor. A la luz de las farolas, sus dedos reptaron por el montón de escombros hasta que dieron con algo pesado y a la vez manejable que resultó ser un trozo de muro.
- No te muevas de aquí. Si me pasa algo, echa a correr y grita en busca de ayuda.
- ¿Qué vas a hacer, Jaime Azcárate?
Tratando de controlar sus nervios, Jaime aguardó hasta que el motorista centró su atención en la acera contraria. Entonces salió de detrás de su escondite y echó a correr en dirección al motorizado villano al tiempo que Ingrid, con las gemas azules de sus ojos absolutamente desorbitadas, se mordía el labio inferior hasta hacerse sangre.
Jaime estaba a sólo cinco zancadas cuando el motorista se volvió y vio una figura que salía de las sombras y se echaba sobre él. Rápidamente giró la moto hacia su atacante y se dispuso a embestirlo, pero no fue lo suficientemente veloz. El trozo de muro que Jaime sostenía impactó contra la frente del motorista con tal brutalidad que lo derribó de su montura.
- Eso por no llevar casco- comentó Ingrid que, entre admirada y sorprendida, se había levantado de su escondite y ayudaba a Jaime a sujetar la moto para que no cayera.- Tenemos que largarnos ya. El otro estará a punto de volver.
- Si nos vamos nos pillará de todas maneras. Tengo una idea mucho mejor.
- Jaime Azcárate, nos conocemos desde hace poco, pero te temo cuando dices esas cosas.
- Ya lo sé- respondió él.- ¿Y qué quieres que yo le haga?
Casi tres minutos después, el segundo motorista se quedó paralizado por la duda. La imagen que se pintaba en aquella calle oscura podía llevar por igual el título de “Misión cumplida” que el de “Peligro: emboscada”. Su olfato de asesino a sueldo le hizo desconfiar cuando atisbó dos cuerpos en el suelo y a su compañero en la moto junto a ellos. Todo tenía el aspecto de haber ido sobre ruedas (y nunca mejor dicho), y sin embargo había algo que el sicario no terminaba de tener claro. Algo que podía deberse a la ausencia del sonido de disparos o a la pasividad de su compañero, que permanecía tieso sobre su moto como si esperase que las víctimas le dieran un acuse de recibo por sus defunciones.
Se acercó con cautela, llevándose la mano a la cartuchera para asegurarse de que llevaba su arma consigo. No empezó a relajarse hasta que estuvo lo suficientemente cerca y pudo comprobar que, en efecto, los dos cuerpos del suelo pertenecían a los dos sujetos a los que les habían mandado eliminar. Al menos sus ropas así lo indicaban.
- ¿Qué estás esperando?- espoleó a su compañero mientras con el pie giraba el cuerpo de la mujer-. Vámonos.
Entonces ocurrieron varias cosas. El asesino se quedó pálido al comprobar que los ojos que le miraban desde el suelo no eran los de una persona real sino los de un maniquí horrendo de grandes pechos. A la velocidad del rayo se llevó la mano al arma mientras echaba un vistazo al otro cuerpo, que resultó pertenecer a su propio compañero, adornado con una grotesca mueca en el rostro y un enorme charco de sangre bajo su cabeza. La tercera cosa que ocurrió, tal vez la más inesperada de las tres, fue que el otro motorista salió del letargo en el que parecía haber estado sumido y embistió su vehículo contra él.
El choque se superpuso al disparo del arma. El asesino perdió el equilibrio, pero la moto no llegó a caer del todo y en seguida consiguió dominarla.
Fue entonces cuando se dio cuenta de que el tipo al que le habían encargado eliminar se había alejado un par de metros y daba vueltas en la moto con la absurda intención de confundirle. Vestido con la cazadora de piel de su compañero inconsciente (se negaba a pensar que hubiera muerto), aquel hijo de mil madres se pavoneaba sobre la Yamaha como si no fuera consciente de que en cuestión de segundos estaría desangrándose en el suelo.
El ecuatoriano decidió tomárselo con calma. Conocía a su víctima y sabía que no era más que un universitario en paro, en absoluto un enemigo a tener en cuenta. Levantó de nuevo su arma y apuntó despacio, esperando el momento preciso en que no pudiera fallar.
El momento llegó.
La víctima se encontraba realizando un giro cerrado con la moto en medio de la calle. Un blanco perfecto, pensó el asesino. Pero con la tensión del momento no había tenido en cuenta un importante detalle.
- Suelta el arma- susurró una voz a su espalda.
El sicario notó el cañón de una pistola idéntica a la suya contra su nuca. Entonces lamentó no haberse preguntado dónde estaba la mujer.
Ingrid temblaba, más de frío que de miedo o rabia. Le había tenido que prestar su abrigo al maniquí del sex shop y las bajas temperaturas nocturnas hacían que le castañetearan los dientes. A pesar de todo, sostenía con firmeza el arma, dispuesta a seguir hasta el final el loco plan de Jaime.
- Suelta eso, puta- exigió el ecuatoriano sin volverse-. No tenéis ninguna posibilidad.
- Eso ya lo veremos.
- Los dos estáis muertos.
La siniestra amenaza estremeció a Ingrid, pero por nada del mundo la convenció de soltar la pistola. Era la primera que empuñaba en su vida, por lo que sabía que estaba expuesta a cualquier error.
Concentrada en el arma, no vio que la mano del matón reptaba al interior de su anorak y agarraba algo terrible, la viva imagen de lo que ella tenía en sus manos, aunque en las del ecuatoriano veía multiplicada su peligrosidad. En un visto y no visto, el motorista inclinó el cuerpo hacia un lado, giró el tronco y apartó de un manotazo la pistola de Ingrid, que vio ante ella el negro agujero de la muerte.
- Te lo advertí, zorra.
De pronto un estrépito de hierros, goma y asfalto sacudió el callejón. Jaime había aprovechado la distracción del criminal para lanzarse a la carga con su moto. El choque se produjo a tal velocidad, que la moto del ecuatoriano fue lanzada brutalmente contra el escaparate de Verónica, que se hizo pedazos.
Sonaron las sirenas.
Plantada en el centro de la adoquinada calle, con una pistola en la mano, la alarma de la tienda sonando a todo trapo y algunas luces que se encendía en los pisos cercanos, Ingrid pensó que se encontraba en medio de alguna fantasía dadaísta. La cosa no mejoró cuando vio a Jaime saltar de su moto y abalanzarse al interior del destrozado escaparate para enzarzarse en una lucha a puñetazos con el motorista, demasiado contusionado y sorprendido para defenderse con eficacia. Una vez que lo hubo tumbado, Jaime se asomó por el cristal con un chorrillo de sangre brotando del labio y chistó a Ingrid.
- Vigílale, vuelvo en seguida- dijo antes de desaparecer en la oscuridad de la tienda, ignorando por completo la escandalosa alarma.
Ingrid volvió a quedarse sola, perdida en mitad de la locura, ansiosa por regresar a su casa y darse un baño relajante. Unos pasos a su espalda y el corazón en su garganta le indicaron que el relax tendría que esperar.
- ¡Amy! Amy, ¿qué te han hecho?
Un hombre de pelo engominado y corbata de colores no prestó ninguna atención a Ingrid y pasó junto a ella como si no existiera, arrodillándose junto al maniquí y pasándole la mano por encima con la suavidad de quien acaricia a su ser más querido.
- Amy, Amy...- gimoteaba el extraño hombrecillo poniendo en pie la neumática muñeca-. ¿Quién te ha vestido así?
- Ese abrigo es mío- reclamó Ingrid despojando a la tal Amy de su ropa prestada.
- ¡Más le vale que no le haya pasado nada, señorita!- vociferó el hombre señalándola con un dedo acusador- porque si no avisaré a la policía.
- No creo que haga falta- replicó Ingrid, a quien aquella absurda situación empezaba ya a parecerle casi normal-. No sé por qué tengo la sensación de que la policía se va a presentar en cualquier momento.
Fue entonces cuando con el rabillo del ojo captó movimiento en el interior de la tienda. El pistolero se había recuperado y se movía entre los restos del escaparate. Tenía algo en la mano. Un objeto pequeño y metálico que brillaba a la luz intermitente de la alarma. Ingrid no lo pensó dos veces y le apuntó con la pistola, dispuesta esta vez a no dejarse coger por sorpresa y a disparar si fuera necesario. Pero no lo fue. Ninguna bala surcó la noche porque la realidad era aún peor que la sospecha. Lo que aquel hombre tenía en la mano no era una pistola sino un teléfono móvil. Había pedido refuerzos y no era descabellado pensar que fuerzas hostiles y numerosas se encontraban en camino para acabar la tarea de asesinarlos.
Ingrid se volvió hacia el hombrecillo de la ridícula corbata y le agarró de la solapa.
- ¡Usted, coja a Amy y lárguese de aquí! Y llame a la policía. ¡Rápido!
La sorpresa de aquel tipo parecía no tener fin. Con los ojos como platos vio aparecer por el escaparate una figura que sostenía una pistola en una mano y una cámara de fotos en la otra.
- Ya está- jadeó Jaime dedicando una breve mirada de perplejidad al desconocido-. Vámonos.
No acababa de pronunciar estas palabras cuando un Opel Kadett de color negro derrapó en la esquina de la calle y una ráfaga de balas procedentes del interior barrió la fachada de la tienda. Los tres cuerpos humanos y el maniquí se lanzaron al suelo antes de que las balas pudieran desgarrar su carne y su látex, respectivamente. Jaime protegía el cuerpo de Ingrid, mientras que ella mantenía su mano sobre la nuca del hombrecillo de las gafas, montado a horcajadas sobre la inanimada Amy.
- ¡Detrás del contenedor! ¡Deprisa!- ordenó Jaime.
Se arrastraron detrás del gran recipiente de escombros y Jaime extrajo del cinturón la pistola del motorista.
- ¿Es usted el encargado del sex shop?- preguntó sin dejar de vigilar el coche negro.
- Sisisisí, señor.
Una nueva ráfaga impactó contra el contenedor, provocando un infernal estrépito pero sin atravesar el metal.
Aunque el de la corbata parecía al borde del infarto e Ingrid no podía ocultar su nerviosismo, Jaime parecía concentrado en elaborar un plan para salvar la vida de los tres.
- Tengo un amigo que colecciona todos los videos de Anita Blonde- dijo con toda tranquilidad.
- No es muy buena- balbuceó el otro-. Yo prefiero a Amy Tan.
- Creo que él también-. Jaime asomó la cabeza para observar el panorama y en seguida volvió a ocultarse-. En cuanto yo diga, corred hacia el sex shop y cerrad la puerta.
- ¿Y tú qué harás?- preguntó Ingrid asustada por el nuevo plan.
- Hacedme caso-. Con un fugaz movimiento, Jaime se incorporó, apuntó al parabrisas del coche y disparó antes de volver a ocultarse-. ¡Ahora!
Ingrid y el hombre del sex shop se levantaron y echaron a correr hacia el establecimiento, mientras Jaime lanzaba varias piedras del contenedor contra el vehículo, que presentaba en el parabrisas un agujero de bala y el vacío que indicaba que sus ocupantes se habían agachado para ponerse a cubierto.
Jaime aprovechó el instante de relativa calma para echar a correr hacia el sex shop. Durante su carrera, se volvió brevemente y pudo ver que alguien salía del coche y ayudaba a entrar a los dos motoristas heridos. Luego, por las dos puertas de atrás salieron sendos hombres armados, pero Jaime no se quedó a ver más. Entró en el sex shop como una centella y pidió al encargado que echara la verja y llamara a la policía.
- ¡Ya lo he hecho!- bramó el hombrecillo apretando un botón de la pared-. Pero que sepáis que aunque me hayáis salvado la vida estoy muy enfadado y vais a tener que responder por lo que le habéis hecho a Amy.
- ¿A Amy?- preguntó Jaime perplejo.
- La tetona esa de la puerta- intervino Ingrid mientras la reja metálica del establecimiento descendía con desquiciante lentitud.
- La he tenido que dejar allí fuera, abandonada. ¡Pobre Amy! Le puse Amy por Amy Irving, la primera mujer de Spielberg. Es que soy un poco cinéfilo ¿sabes?
- Ya veo- asintió Jaime contemplando la colección de películas en DVD protagonizadas por diosas del porno como Silvia Saint, Jenna Jameson y Anita Blonde. Sus precios eran tan elevados como las reacciones orgánicas que provocaban, y Jaime emitió un silbido mientras se preguntaba cómo era posible que hubiera gente que pagara aquellas cantidades cuando Internet te permitía descargarte gratuitamente videos cuya duración era la justa para un desahogo.
La verja acabó de cerrarse. En la calle se oían pasos y el motor de un coche. Luego una lluvia de balas impactó contra la verja. El encargado se echó al suelo detrás del mostrador mientras Jaime e Ingrid tomaban posiciones a ambos lados de la puerta.
- Matones profesionales contra tres pobres parias encerrados entre cuatro paredes de depravación y libertinaje- dijo Ingrid filosóficamente.- No tenemos muchas posibilidades.
Jaime miró a su alrededor.
- Bueno, no todo son desventajas.
- ¿Qué... qué quieres decir?- se atrevió a preguntar el atemorizado hombrecillo, de quien sólo sobresalían los pies tras el mostrador.
- Pues que no pueden seguir sitiándonos mucho más tiempo. La policía está en camino. Lo único que tenemos que hacer es...
- ¿Es...?- preguntaron Ingrid y el encargado al unísono.
- ... evitar que esos tíos acaben lo que han venido a hacer: Eliminar a los testigos. O sea, a nosotros.
Jaime echó mano a un estante y extrajo un látigo de cuero. Ingrid paseó su mirada por aquel paraíso del sexo plastificado y, con más asco que entusiasmo, se hizo con un enorme vibrador que, entre sus muchas funciones, bien podría surtir buen efecto si se empleaba precisa y contundentemente contra un cráneo indeseable. Aunque aún conservaba la pistola del matón, se sintió más segura contando con armamento extra.
Afuera los disparos habían remitido. Jaime se acercó lentamente y miró a través de uno de los agujeros que habían aparecido en la verja, a la altura de sus rodillas. Pudo ver la parte baja del Opel Kadett y la cintura de un hombre vestido de negro que intentaba subir la verja.
¿Dónde estaba la policía?
Había empezado a pensar que los matones habían rociado con gases narcóticos todas las comisarías de la ciudad cuando la verja cedió y empezó a subir, accionada por los brazos del hombre de negro. Ingrid retrocedió hasta fundirse con la jamba de la puerta y alzó su fálica arma sobre su cabeza. Sin embargo no tuvo que utilizarla. Cuando la verja estuvo lo suficientemente elevada para permitir el paso, el hombre de negro que la sostenía se quedó petrificado al ver el cañón de un arma justo delante de sus narices.
- Haga el favor de cerrar eso- pidió Jaime con educación-. Se va el calor.
El momento de tensión estalló cuando Ingrid bajó la verja de golpe hasta el suelo y se echó contra la pared, previendo la brutal avalancha de balas que golpeó la puerta con una fuerza descomunal. Jaime no tuvo tanto tiempo para esquivarlas y recibió un impacto en el brazo, que le hizo soltar el látigo y caer al suelo.
- ¿Estás bien?- le gritó Ingrid.
- ¡No te muevas!- respondió él con los dientes apretados.
Sirenas de policía silenciaron el tiroteo y un coche derrapó al final de la calle. Se oyó el motor de otros dos vehículos y un frenazo justo en frente de la puerta del sex shop. Luego el silencio, pasos y golpes en la puerta.
- ¡Abran! ¡Policía!
- ¡Está abierto!- gritó Jaime.
- ¡Traigan una ambulancia!- rogó Ingrid sin perder de vista la manga ensangrentada de su compañero.
El encargado salió de su escondite y abrió manualmente la verja, permitiendo la entrada a dos hombres. El más alto de los dos llevaba un abrigo largo de ante y una bufanda verde alrededor del cuello. En seguida se hizo cargo de la situación. Pidió una ambulancia para el herido del suelo e interrogó brevemente al encargado. Mientras tanto, el agente tomó buena nota de los agujeros de bala de la verja y recogió sorprendido las dos pistolas que Jaime e Ingrid le entregaron sin ningún tipo de resistencia.
Cinco minutos después apareció una ambulancia del Samur y dos sanitarios atendieron la herida de Jaime, que resultó ser superficial.
- Mi primera herida de bala ¿saben?- comentó con un insensato orgullo que superaba incluso al dolor físico.
Tras desinfectarle y vendarle la herida, los sanitarios se marcharon y el comisario García, que así resultó llamarse el hombre de la bufanda, anunció que continuarían el interrogatorio en la comisaría y que, por favor, le acompañaran al coche.
El agente se quedó en el local mientras el encargado, Jaime e Ingrid salían al frío de la noche y subían al coche de policía. Sólo entonces se dio cuenta Jaime de que la austriaca llevaba aún en la mano el descomunal vibrador.
- ¿Por si te aburres?- preguntó.
- Huy, no me había dado cuenta- dijo ella avergonzada, y se lo entregó por la ventanilla a uno de los policías que estaban acordonando la zona-. Hacía tanto tiempo que no tenía uno en la mano... ni siquiera de verdad.
El coche se puso en marcha y Jaime se echó a reír. Aquella afirmación despejaba sus dudas acerca de un reciente episodio que llevaba horas preocupándole.Después de todo, cualquiera puede encontrar un rizo en la almohada.